Galería: Ir al Louvre y salir con una obra de arte en mano

Andre Martin y Renaud Wald cargaron las pinturas hacia la salida del Louvre y se fueron sin detonar el temido “procedimiento rojo”: el sistema de alta tecnología que automáticamente sella salidas y asegura puertas a lo largo del vasto museo en cuestión de dos minutos después de una violación de seguridad. Después, ambos llevaron las obras de arte a una estación cercana del Metro parisino y casualmente abordaron un tren.

¿Tan solo eran dos clientes relajados que acababan de realizar el atraco de arte más descarado a la luz del día jamás captado en video?

No. Los dos son copistas del Louvre, practicantes de lo que Ivan Guilbert, fotoperiodista parisino, llama “una hermosa tradición” que data de la Revolución francesa. En noviembre de 1793, un mes después de que María Antonieta fue decapitada, la asamblea nacional revolucionaria declaró que el Palacio del Louvre, la antigua residencia de Luis XIV de Francia a la orilla derecha del Sena, quedaría abierto al público. Se daba la bienvenida a todos los ciudadanos para que disfrutaran de los tesoros del arte nacional que estaban almacenados ahí, y que antes estaban reservados al deleite de la clase noble.

Llamado el Museo Central de las Artes de la República, el museo del pueblo llevó el ideal democrático un paso más allá. Cualquier profesional, aficionado o aspirante a pintor estaba invitado a entrar al museo, poner un caballete —proporcionado sin costo hasta el día de hoy— e intentar copiar una obra de arte.

Miles lo han hecho desde entonces. Entre ellos hay renombrados personajes de la historia del arte como Paul Cézanne, Edgar Degas, Marc Chagall, Pablo Picasso y Salvador Dalí. Su meta, y la de los copistas de nuestros días —a quien Guilbert fotografió para Le Parisien Magazine—: aprender los secretos del color, la técnica y la composición copiando las obras de algunos de los más grandes artistas de la historia. “Es como una escuela gratuita”, dice Guilbert.

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Catherine Blape, a la izquierda, pintora aficionada, sostiene su copia de “Las dos hermanas” de Theodore Chasseriau.CreditIvan Guilbert/Cosmos

“Debes copiar y volver a copiar a los maestros”, dijo una vez Degas, “y solo después de probar que eres un buen copista podrás intentar hacer una naturaleza muerta de un rábano”.

Las ambiciones de los copistas que Guilbert fotografió fueron más allá de las frutas y los vegetales. Marius Allier, un egresado de la Escuela Nacional Superior de Bellas Artes en París, de 26 años, atrajo a multitudes mientras copiaba Mujeres de Argel (en su apartamento) de Eugène Delacroix. La pintura de 1834 presenta desafíos que la han hecho popular entre los copistas, entre ellos Picasso, quien más tarde pintó sus propias variaciones en la década de 1950.

Catherine Blape, una pintora aficionada, copió Las dos hermanas el retrato de 1843 hecho por Theodore Chasseriau, como regalo para su esposo. Sam Rachamin hizo el viaje desde su casa en Israel para realizar su copia de la pintura de 1808 de Jean-Auguste-Dominique Ingres, La bañista de Valpinçon.

Martin, de 58 años, es un pintor profesional… pero de casas, no de lienzos. Un artista autodidacto que pinta con un caballete y pinceles más pequeños cuando no está subido a una escalera, copió Vista de Pirna desde el castillo de Sonnenstein del artista italiano Bernardo Bellotto.

Aunque el Louvre, a diferencia de otros grandes museos, no les cobra a los copistas por el privilegio, los solicitantes pueden esperar hasta dos años para obtener uno de los 250 permisos que el museo emite anualmente. Válido por tres meses, les permite trabajar en las galerías del museo de 9:30 a 13:30 la mayoría de los días, excepto los domingos y los días festivos, de septiembre a junio.

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Sam Rachamin, artista israelí, hace una copia de “La bañista de Valpinçon”, de Jean-Auguste-Dominique Ingres.CreditIvan Guilbert/Cosmos

Los turistas y otros visitantes del museo pueden traer cámaras al Louvre y tomar fotos. Pero ya que Guilbert planeaba publicar sus fotos, hizo la solicitud, y recibió un permiso para pasar tres días en las galerías con los copistas. “Para mí, el encargo fue como una experiencia romántica”, dice.

Con la magnífica arquitectura interior del Louvre que mejora la composición de sus tomas, Guilbert eligió usar la misma luz que ilumina las obras maestras, con un fuerte efecto. “Jamás utilicé flash”, dice. “Es más interesante trabajar con lo que ya está ahí”.

Cuando terminaron sus copias, Martin y Wald —un fotógrafo que copió Retrato de un joven con una escultura— se reunieron con Isabelle Vieilleville, directora de la oficina de copias del Louvre. Para evitar las falsificaciones, revisó que ambos copistas hubieran usado lienzos que fueran una quinta parte más pequeños o más grandes que el original, y que las firmas de los artistas originales no estuvieran en las copias. Después, puso un sello del Louvre en el reverso de los lienzos, agregó su propia firma y los escoltó a la salida del museo.

En el tren, con las obras de arte en mano, solo atrajeron una que otra mirada. “No hubo muchas reacciones de parte de los pasajeros. Ya lo han visto todo”, dijo Guilbert.

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